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Basquet: La santotomesina Cragnolino, lista para una nueva temporada en Italia

Basquet: La santotomesina Cragnolino, lista para una nueva temporada en Italia

La ex jugadora de Atalaya (Rosario) y Temperley (Buenos Aires) cuenta cómo se viven estos tiempos en la ciudad de Salerno, sus entrenamientos y sus expectativas con la Selección Femenina de Básquet. También se refirió a la temporada que comienza en unos meses y su anhelo de escalar en las divisiones del básquetbol italiano.

-¿Cómo se vive este tiempo de pandemia en Salerno?

-En este momento hay muchas personas que opinan que abrieron todo muy rápido y que ya estamos de vuelta en la vida normal. Ahora el barbijo volvió a ser obligatorio para la tarde-noche, y además cerraron las discotecas, que era el tema más discutido acá porque, por ejemplo, las universidades están cerradas y los boliches en funcionamiento. En el día a día, básicamente es la vida normal, es un verano como cualquier otro. Todas mis compañeras se fueron a sus países y yo no me pude volver. Quedé acá con dos chicas, una argentina y otra venezolana. Después ya elegimos quedarnos porque nos parecía medio arriesgado volver.

-¿Cómo te entrenás en medio de todo esto?

-Primero estuve entrenando en casa y desde el mes pasado ya practico en un campo de entrenamiento individual con el que ahora va a ser mi entrenador en el club, y hago gimnasio, pero todo de manera particular. Acá no existe el concepto de club como en Argentina, todo es privado digamos, son sociedades. Hasta que no arranca la pretemporada, el 1 de septiembre, te mantenés por tus propios medios.

-¿En qué quedó la temporada anterior?

-Estaba en juego y se canceló, faltaba un partido, el 29 de febrero, para terminar la fase regular. Estábamos clasificadas a los Play-off y justo habían cambiado al entrenador, que venía con una buena vibra espectacular. Estábamos levantando como equipo y se cortó todo, lamentablemente. Ahora hay que ver cómo arrancamos, nosotras estamos en la Serie B2, que es regional, y acá nos juntamos con otras 2 regiones. Pero es complicado, con esto de la pandemia hay equipos que se bajan por el tema financiero, todavía no hay certezas de nada.

-¿Cómo surgió la posibilidad de jugar en Italia?

-Yo llegué acá cuando el equipo estaba por descender, en ese entonces habían llamado a otra argentina (Josefina Torruella) y a mí. La prueba piloto me quedó espectacular porque eran sólo dos meses. Cuando me preguntaron si quería ir, dije que sí, ¿qué tenía que perder por dos meses? Bueno, terminé perdiendo la facultad porque la tuve que dejar, pero era una hermosa experiencia, si no me gustaba me volvía y listo. Encima yo tenía los papeles, la ciudadanía y sabía hablar en italiano porque fui a la Dante Alighieri, un colegio italiano.

-Con respecto al juego, ¿te adaptaste bien?

-Sí, no es diferente a lo que me tocó jugar en Argentina y con la Selección, por ahí lo que más me traicionaba era jugar con los nervios, con mucha gente que viene a ver los partidos. Acá tenés que hacer todo por los objetivos de la dueña del club; ganás y te arman un pedestal en la plaza y si perdés, están pensando en cambiarte. Se vive con mucha pasión, se juega el partido como si fuera el último, y, a veces, esa presión te juega en contra. Igualmente, como ahora me quedé en 1,80 m de estatura y las demás son mucho más altas, estoy trabajando para cambiar de posición. Quiero jugar de alera, más abierta y tengo que ser más dinámica. Si quiero hacer una carrera acá, la tengo que hacer jugando de alera. Estoy entrenándome para hacerlo y creo que éste tiene que ser mi año.

-Volviendo unos años atrás, ¿cómo fueron tus primeros pasos en el básquet?

-Me formé en Unión de Santo Tomé. Era una nena que fue a hacer deporte porque el pediatra dijo que para los chicos es bueno hacer deportes. Tenía que elegir entre patín o básquet, y obviamente elegí el básquet. Yo medía 1,75 m cuando arranqué a los 12 años, era un monstruo. Yo lo veía como algo súper amateur, no tenía estado físico ni nada, pero la altura me jugaba a favor. Después me llamaron de Rosario, de Atalaya. Yo no quería ni ir, había chicas de renombre como Victoria Moyano, Candela Foresto, Julieta Ibarra, entre otras, ¿qué iba a hacer yo ahí? Pero a mi papá le brillaron los ojos porque en Atalaya estaba un entrenador de la Selección Nacional y dijo “bueno, hagámoslo”. Ahí tuve los mejores años de mi carrera y empecé a ver el básquet de otra manera, como algo más profesional.

-¿Cómo fue tu experiencia con la Selección Argentina?

-Es una de esas experiencias que te marcan. De chica lo vivía como un sueño. El primer año no entendía nada, pero me comportaba de una manera porque la selección te lo marcaba. Tiene un nivel de entrenamiento, exigencia y alimentación que es como el paraíso de un deportista, tenés que estar perfecta físicamente porque al otro día te pesan. Sentís un orgullo enorme al representar a tu país. A veces escucho el himno y me vienen un montón de recuerdos a la cabeza, como por ejemplo de las canchas de Bolivia o Francia, de cuando jugamos torneos allá.

-¿A qué aspirás ahora?

– Me enfoco en hacer las cosas bien donde estoy, mis objetivos no persiguen la selección ahora, un poco para no frustrarme tampoco, pero sería un orgullo por supuesto, sobre todo porque nunca fui del grupo fijo digamos. Mis objetivos son más que nada personales, de jugar en un torneo de nivel superior y hacer mi carrera en Europa. Me enfoco en la causa, no en la consecuencia.

-Hoy, Lucila Cragnolino es esta basquetbolista gracias a…

-A Mariano Junco y Manuel Anglese, que me marcaron y fueron mis pilares en Atalaya y en Temperley, y también en el staff de las inferiores de la selección. Me aconsejaron mucho y me guiaron en mis decisiones. Y también a Hernán De Virgilio, que es el papá de una amiga y ahora mi representante, que ya es como parte de mi familia. Me ayudó muchísimo cuando estuve en Atalaya y viví como 3 años en su casa.

Fuente: El Litoral

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